martes, 24 de enero de 2017

Emociones sin par

La del domingo fue una tarde de cielo azul con algunas nubes blanquitas y un sol picante, como pocas tardes de toros en Bogotá. Luego vino el reencuentro con la plaza: su estructura imponente, su explanada de sombra y el ambiente de expectación. Después, reconocerla por dentro, pues la reestructuración estructural a la que fue sometida implicó la reacomodación de las localidades. Y esa arena de un amarillo intenso que brillaba con el sol.
Alfredo Molano entrega la llave de toriles
(Fotos: Diana R. Reina G.)
Con unos minutos de retraso, el clarín anunció el inicio de la ceremonia. A las 3:42 (saltémonos los himnos) retumbó el añorado pasodoble “El gato montés”, a cargo de esa banda pulcra y de timbres precisos que se ubica en el balcón de entre sol y sombra. Acto seguido, el paseíllo garboso y, al poco tiempo, la entrega simbólica de la “llave” de toriles al alguacilillo mayor a cargo de ese ejemplo intelectual que se llama Alfredo Molano Bravo. Algunos dirán que uno de sus mayores defectos es ser aficionado a los toros. Para rematar, la plaza puesta de pie, aplaudiendo con fervor a la terna de matadores que saludaban desmonterados en el tercio. No pude contener las lágrimas.
Saludo montera en mano
La corrida de Ernesto Gutiérrez estuvo en lo suyo, o un poco menos. El ganadero hizo lo posible por traer toros mejor presentados, con un poco más de cara y peso. Fueron noblotes, como siempre, y tuvieron poca emoción, como casi siempre. La mayoría tuvo su punta de mansedumbre.
Ceremonia de confirmación de alternativa de Andrés Roca Rey
Confirmó la alternativa el peruano Andrés Roca Rey ante un toro con poca fuerza, negro cornivuelto de 471K (inexplicablemente, no se anunciaron los nombres de los toros). El público bogotano parecía no conocer las maneras de Roca Rey y quedó con una muy buena impresión de su toreo plástico y electrizante a un tiempo. Estuvo variado con el capote por verónicas, chicuelinas y revoleras al recibo y, en el quite, se fue por saltilleras, rogerinas y gaoneras. Y con la muleta estuvo inteligente ante un toro que se revolvía de incertidumbre. Por su conocimiento de los terrenos del toro, y por ese abandono del cuerpo para torear con el alma, le pedimos que diera la vuelta al ruedo.
Derechazo de Roca Rey
En el último de la tarde (negro cornicorto de 512K) Roca Rey estuvo bien, pero no tan bien como en otras ocasiones. Sin embargo, el público bogotano se ubicó en la frontera del asombro con ese toreo suyo que tiene mucha verdad, mucha personalidad, mucha elegancia y -como lo hemos dicho varias veces- muchísimo valor. Tras brindar a los novilleros que estuvieron en huelga de hambre frente a la Santamaría hace un par de años, aprovechó el recorrido del toro, que era abundante, y supo esconderle la cuota de mansedumbre que tenía, regalándole las querencias. Pinchó sin soltar y luego dejó una entera fulminante. Eran las dos orejas, y se las dieron.
No recordaba el amor que este público siente por el toreo de Julián López El Juli, que a mí me emociona cada vez menos. Su primero (negro algo cornivuelto, de 468K, flaco y alto de manos) tuvo poco menos que nada. El madrileño castigó por bajo y lo despachó. Su segundo (negro cornigacho de 475K) fue bien recibido en una vara breve que tuvo el sitio justo. Hizo su consabido quite por lopecinas y luego un par de naturales con el cuerpo erguido, sin arquear tanto la figura, como ha venido haciéndolo hace años. Dio la vuelta al ruedo porque algunos se lo pidieron.
Bolívar brinda a Felipe Negret
Luis Bolívar estuvo decoroso con su primero, un toro negro, abrochado de cuerna, de 464K, que fue de menos a más. En el capote pasó desangelado por las verónicas y las chicuelinas del colombiano. Tras una vara minúscula, le sentaron bien los correctos pares de Gustavo García y de Garrido, quienes saludaron montera en mano. Bolívar brindó a Felipe Negret, quien ha liderado el proceso de la Corporación Taurina de Bogotá. Esta fue una emoción adicional: la plaza otra vez de pie, aplaudiendo con un gracias de corazón a este personaje que ha luchado por la fiesta brava en nuestra ciudad. En la muleta, el toro comenzó a meter bien la cara y a pasar con un recorrido largo, aunque en ocasiones quería irse de las suertes. Bolívar lo aprovechó en algunos derechazos largos y otros cuantos naturales que tuvieron sitio, concepción y ejecución. Mató de entera tendida y le dieron una oreja. En su segundo no pasó nada que valga la pena anotar.

Habíamos vivido una tarde plagada de emociones por la carga simbólica de la reapertura de la plaza de toros capitalina y por el toreo auténtico de Andrés Roca Rey en su confirmación. Nos faltaban las otras, no tan agradables.





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