martes, 24 de enero de 2017

"¿Ya compró la armadura?"

I
Anuncio en el ruedo de la Santamaría (Foto: Diana R. Reina G.)
El viernes 20 de enero, hablábamos con un amigo sobre la corrida del domingo 22, la de la reapertura de la Plaza de Toros de Santamaría en Bogotá. De repente, me preguntó: “¿Y ya compró la armadura?” Reímos.
Sabíamos que varias manifestaciones antitaurinas se habían programado para ese día. Convocaban, no solo las organizaciones animalistas, sino la administración del señor Peñalosa y la de su predecesor, el señor Petro. Los directores de las organizaciones animalistas dijeron en la radio que las protestas serían pacíficas y organizadas. Así que, incluso en la mañana del domingo, yo estaba tranquilo.
No obstante, al llegar a la plaza por el costado oriental (Carrera 5ª), la cosa empezó a cobrar otro cariz. En años pasados, los manifestantes antitaurinos solían apostarse en la Carrera 7ª, junto al Planetario Distrital. Pero el domingo 22 había un grupo considerable, digamos, unas 200 personas, en la esquina la Cra. 5ª con calle 27. Me pareció curioso que hubieran sido autorizados a estar allí. La situación -aunque desagradable- no fue distinta que en el pasado: insultos de la más variada y surtida gama (“¡Asesinos!” “¡Hijueputas!” “¡Sádicos!” “¡Malparidos!”), algunos de ellos sazonados por patadas y puñetazos que habrían alcanzado su objetivo de no haber sido por las barreras policiales.
Cuando estábamos en la plaza, vimos ingresar a varios policías bachilleres heridos, para ser atendidos por los cuerpos de primeros auxilios. También llegó una señora de unos 30 años, con cuello ortopédico y máscara de oxígeno. Se comentaba que la situación se complicaba progresivamente. Se oían las arengas cada vez más rabiosas de los manifestantes que estaban sobre la Cra 7ª, y que eran muchos más (dicen los medios que cerca de 3000).
Para entonces, yo desconocía que en la Cra. 7ª estaba el exalcalde Gustavo Petro y otros funcionarios de su administración, liderando la protesta con el puño en alto, orientando a los jóvenes de la “Bogotá Humana”. (Para el efecto, véase @petrogustavo). Incluso hicieron un minuto de silencio “por los toros que serán asesinados esta tarde”. (¡¿?!)
Durante la corrida, oíamos estruendos explosivos. Luego supimos que eran las “papas bomba” (típicas de las protestas universitarias en la Distrital, la Pedagógica y la Nacional), así como a las “bombas” lacrimógenas del ESMAD. Cuando terminó la corrida, un oficial de la policía advirtió a los aficionados por altavoz que debíamos salir por la Cra. 7ª quienes no tuviéramos transporte particular, y por la Cra. 5ª quienes hubieran llevado sus automóviles. Salimos por la 7ª.
Y allí comenzó el miedo. Al llegar al Centro Internacional, vimos un desfile de motos policiales llevando escuadrones del ESMAD para contener la violencia de los antitaurinos. Tuvimos que correr hacia el sur, pues se decía que desde el norte venían los defensores de la vida animal (¡!¡!) para agredirnos. Después, bajamos a la Cra. 13 en busca de transporte.
Con inquietud creciente, en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada encontramos a un señor de unos 65 años con la cara totalmente bañada en sangre. Al mismo tiempo, venían subiendo hacia la plaza dos jóvenes cargando un ataúd con el fin, quiero creer, de representar simbólicamente el “asesinato” de los toros.
En el cruce de la Avenida Caracas con Calle 26, estábamos prácticamente solos. Nos insultaban por todos los costados. Una joven, mochila a espalda, se acercó y nos dijo: “Váyanse ya, porque si no los chuzo”. Subimos a un bus de transporte público con el corazón en las manos. Y entonces quise haber comprado una armadura para ir a los toros.
II
El miedo persiste. Pese a que la alcaldía ha dicho que no permitirá la violencia simbólica y física que vivimos el domingo pasado, es prácticamente imposible que se nos garantice nuestro derecho a ir a la plaza. Obviamente, hay intereses políticos de por medio.
La del domingo 22 fue una protesta organizada por muchos sectores: animalistas, pacifistas, veganos; partidistas, populistas, demagógicos. Pero, sobre todo, hay una intención de venganza de clase que parece ser estimulada por algunos de esos intereses políticos. Es, guardadas las debidas proporciones y diferencias, un fenómeno similar a los de las llamadas “barras bravas” en el fútbol y al de los “capuchos” en las universidades públicas. A eso, el señor Petro y sus colaboradores lo llaman “los jóvenes de la Bogotá Humana”.
Es cierto, por los videos publicados, que hubo la intención de controlar a los manifestantes (ver el twitter de Jorge Rojas, por ejemplo). Pero también es cierto que no pudieron hacerlo. Agredieron a niños, a ancianos, a hombres y a mujeres. Agredieron a ciudadanos, vea usted.
III
Tal parece, valga la verdad, que perderemos los taurinos nuestro derecho de asistir a corridas de toros. Pese a la jurisprudencia existente, la presión de las mayorías nos está acorralando. Según se rumora, la Corte Constitucional está próxima a sentenciar a favor de los “derechos” de los animales.
Yo soy taurino. No voy a la plaza para ver sufrir un toro. Voy a ver su bravura. No soy un sádico. No soy un torturador. Soy, simplemente, un aficionado a los toros.
Es difícil de entender, lo he dicho mil veces en estas entradas.
Cuando llegué de la corrida del pasado 22 de enero, consentí con el alma a mi gata, que se llama “Cerecita”.




No hay comentarios: