sábado, 4 de febrero de 2017

Perdimos

Paseíllo en la corrida de reapertura de la Plaza de Toros de Santamaría en Bogotá. (Foto: Diana R. Reina G.)
El primero de febrero de 2017 se conoció el comunicado de prensa de la sentencia de Corte Constitucional de Colombia que, en una votación de 5 contra 4, declaró la inexequibilidad diferida del parágrafo 3 del artículo 5 de la ley 1774 de 2016. Este parágrafo excluía las corridas de toros, novilladas, becerradas, corralejas, peleas de gallos y otras prácticas culturales con animales de la ley contra el maltrato animal. La inexequibilidad diferida significa, según entiendo, que la Corte exhorta al Congreso de la República a legislar al respecto en un plazo máximo de 2 años, luego de los cuales, si el legislativo no se ha pronunciado, esos espectáculos quedarían prohibidos. (Con información de: http://www.elespectador.com/noticias/judicial/corte-constitucional-le-ordena-al-congreso-legislar-sob-articulo-677847).
Al día siguiente, supimos que la bancada animalista y la del partido de gobierno, bajo la orientación del ministerio del Interior, trabajarán en un proyecto de ley para prohibir en Colombia las corridas de toros y otros espectáculos con animales. La situación no puede ser más preocupante.
Perdimos los taurinos. Aceptémoslo. Se avecinan elecciones en Colombia para 2018 y el tema de la protección animal es muy llamativo pues genera votos. En cuanto a las corridas de toros hay mucha ignorancia en la opinión pública, plagada de imaginarios al respecto, muy difíciles de desmontar. Así que es muy poco probable que el legislativo colombiano se incline en favor de los toros, ni siquiera en el sentido de modificar su reglamentación para ajustarla a la ley de protección animal.
Perdimos los taurinos, también, por nuestra falta de olfato político, por nuestra excesiva confianza. La sentencia 666 de 2010 de la Corte Constitucional ordenaba a que se morigerara en el mediano plazo la “violencia” contra los toros en las corridas. Que yo sepa, no hubo iniciativas para modificar el Reglamento Nacional Taurino en este sentido. (Si las hubo, no fueron divulgadas en los medios de comunicación.)
Perdimos los aficionados, los ganaderos, los toreros: perdió el mundo del toro. Sinceramente, creo que este tema no es verdaderamente importante para la ciudadanía, salvo para hacer bulla en las redes sociales entre diciembre y enero, cuando hay temporada taurina en el país, cuando se alborota el tremendismo populista y demagógico que últimamente viene siendo muy bien trabajado por ciertos sectores políticos.  
Si las corridas de toros se prohíben en Colombia, a mí me estarán mutilando una parte muy importante de mi personalidad. Sin embargo, lo aceptaré con gallardía y, como dice León de Greiff, iré en “busca de mejores aires, mejores aires”. 
Eso sí: ante la eventual prohibición de las corridas de toros, los sectores animalistas de Colombia se enfrentarán a un conjunto de encrucijadas, que habré de abordar en entradas subsiguientes. Pero antes me gustaría discutir (otra vez) el problema del maltrato animal.

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