sábado, 5 de mayo de 2012

Octava entrega: La plasticidad del tercio de banderillas


Nota inicial: Para ilustrar lo expuesto, así como lo presentado en las anteriores entregas de estas explicaciones, invito a los lectores a ver el video de la corrida en Sevilla del pasado 20 de abril, que registra la corrida completa. El lector, evidentemente, puede ver lo que desee.


Cuando algún conocido no aficionado me dice: “Y eso de los toros, ¿qué es?”, yo lo invito a la plaza. De aceptar la invitación, casi siempre se le encrespan las pestañas con el paseíllo. El gentío en los tendidos; aquel retumbar de cobres y tambores de la banda; los alguacilillos, con sus atuendos detenidos en el tiempo; la salida de los toreros, su elegancia y ensimismamiento;  las cuadrillas pensativas; los picadores mastodónticos; los areneros humildes; las mulillas.

Ahora, el invitado atónito presencia al toro en la plaza, y mucho más si su localidad es cercana al ruedo. Oye los resoplidos imponentes del animal; sus remates férreos contra los burladeros; su galope majestuoso sobre la arena.

Acto seguido, se levanta de su asiento con los lances de capa, al ver cómo esa media tonelada corpulenta y empitonada se adormece al arrullo del capote que mueven las muñecas lentas y bajas del torero.

Luego, su emoción será paradójica: con plasticidad, el toro es llevado al caballo y, al acometer aquel, recibe la puya que lo sangra. Si el invitado es impresionable, la sangre del toro lo molesta y, en ocasiones, lo perturba; si no lo es, digiere con estoicismo el impacto insospechado.

Se retiran caballos y picadores. Entonces, casi unánimemente, el invitado se emociona hasta el vello erizado con el tercio de banderillas, el segundo de la lidia.

"Les Banderilles", Pablo Picasso
¿Por qué conmueve tanto, a propios y a extraños, la suerte de banderillas?

Creería que es porque el hombre va a cuerpo limpio y está solo en el ruedo, una vez el toro ha quedado cuadrado para la suerte. Sólo lo defienden dos palos decorados con papelillo, que tienen un arponcillo de 4 cm de largo por 1,6 cm de ancho cada uno (véase ley 916 de 2004, “Reglamento Nacional Taurino”, artículo 50).

Mueve el hombre, a veces, todo su cuerpo; a veces, sólo los brazos; en ocasiones, la pierna de salida, por la que habrá de citar al animal. Y se arranca el toro al galope, decidido a embestir aquello que lo llama. Esa pluma al viento. El toro va dispuesto a partirla en dos. Pero la pluma baila, como las plumas al viento, y de repente ya no está donde el toro creía que estaba. Se ha movido en una fracción de segundo.

Levanta los brazos la pluma; los pies van al aire. Se “asoma al balcón” de los cuernos del toro que quiere partirlo en dos, y sin embargo es él quien clava las banderillas en el morrillo del toro, para salir por piernas hacia su resguardo, si es que el toro persigue.
La escena –atlética, artística, majestuosa- se repite tres veces. Cuando es el matador quien banderilla, hay música y más expectación. Cuando no, se lucen los toreros subalternos en medio de aplausos y saludos; si no lo hacen, hay silencio y, en ocasiones, abucheos.

Las banderillas, otra arma defensiva en el toreo, se utilizan para reanimar al toro en dos sentidos: el primero, para que retome la alerta que pareciera haber perdido en el tercio de varas y el segundo, en mi opinión, para darle una oportunidad clara de “encontrar bulto”, es decir, cornear. A veces ocurre la tragedia de la cornada, como la recientemente ocurrida al torero Juan José Padilla (ver video).

Sin embargo, sobre todo se ponen banderillas para que el matador pueda percatarse de las condiciones de embestida del animal luego de la suerte de varas.

Ilustración de la suerte de cuartear
(Tomado de: J.M. de Cossío, Los toros, t. I, p. 954)
La suerte de banderillas tiene varias formas de ejecutarse, y han sido muchas más en el pasado. La técnica más común hoy es la del cuarteo, dándole al toro sus terrenos, es decir los de tablas, y citando el torero en los medios (ver figura, que puede ampliarse).

Los peones de brega ubican al toro paralelo a las tablas. El banderillero llama la atención del toro y cuando este se fija en aquel, el hombre lo cita e inicia una carrera plástica que dibuja un semicírculo en el ruedo. El toro galopa para enganchar el bulto y, al momento del encuentro, el torero levanta los palos, yergue la figura y clava las banderillas en un momento de danza electrizante.

Ilustración de la suerte de quebrar
(Tomado de: J.M. de Cossío, Los toros, t. I, p. 950)
Otra manera de ejecutar la suerte de banderillas es al quiebro (ver figura, que puede ampliarse). Esta suerte se realiza con toros boyantes o, dicho en términos sencillos, con ganas de embestir. El banderillero cita al toro de frente, desde el lugar opuesto al que ocupa el animal en el ruedo. El toro galopa hacia él con ganas, invade sus terrenos y, al momento en que cree que logrará su cometido de cornearlo, el torero quiebra su figura (por lo general con un movimiento de pie y de cadera). El toro acude allí, pero ya el cuerpo humano ha regresado a su sitio original, y entonces se clavan los palos.

Como todo en el toreo, las suertes dependen de la condición del toro. Es decir, esta no es una actividad en donde el ser humano hace lo que se le viene en gana con un animal. Es el toro el que indica lo que debe hacerse con él.

Por eso, también es común ver en el tercio de banderillas los pares llamados al sesgo. Esta técnica se utiliza con toros parados y aquerenciados en tablas, o sea los animales que se van contra las tablas y no se mueven de allí. El torero, entonces, se arranca hacia el toro y hace todo el ejercicio, pues el animal está literalmente parado. Llega el hombre a la cara del animal, se expone y luego clava los palos, cuando el toro baja la cabeza.

Luego de los tres pares de banderillas, vuelven a sonar clarines y timbales. Viene el tercer tercio. El tercio de muleta y de muerte del toro, en la mayoría de los casos. Este será el tema de nuestra próxima entrada.

viernes, 20 de abril de 2012

Séptima entrega: ¿Podría modificarse el tercio de varas?



"El picador" (Pablo Picasso, 1890)
(El primer óleo del artista, pintado
a los 8 años de edad)
El 30 de agosto de 2010, la Corte Constitucional de Colombia publicó la sentencia C-666 sobre la demanda interpuesta por el ciudadano Andrés Echeverri del artículo 7º de la ley 84 de 1989, “Estatuto Nacional de Protección de los Animales”, que afirma: “Quedan exceptuados de los expuestos en el inciso 1º y en los literales a), d), e) f) y g) del artículo anterior el rejoneo, coleo, las corridas de toros, novilladas, corralejas, becerradas y tientas, así como las corridas de gallos y los procedimientos utilizados en estos espectáculos”. (El subrayado es mío.)

La sentencia de la Corte declara la exequibilidad condicionada de tal artículo mediante una extensa argumentación de más de 90 cuartillas. Dicha condicionalidad se resalta en esta cita, que parte de la declaración de exequibilidad en el entendido de que “la excepción […] permite, hasta determinación legislativa en contrario, […], la práctica de las actividades de entretenimiento y de expresión cultural con animales allí contenidas, siempre y cuando se entienda que estos deben, en todo caso, recibir protección especial contra el sufrimiento y el dolor durante el transcurso de esas actividades. En particular, la excepción […] permite la continuación de expresiones humanas culturales y de entretenimiento con animales, siempre y cuando se eliminen o morigeren en el futuro las conductas especialmente crueles contra ellos en un proceso de adecuación entre expresiones culturales y deberes de protección a la fauna. 2) Que únicamente podrán desarrollarse en aquellos municipios o distritos en los que las mismas sean manifestación de una tradición regular, periódica e ininterrumpida y que por tanto su realización responda a cierta periodicidad; 3) que sólo podrán desarrollarse en aquellas ocasiones en las que usualmente se han realizado en los respectivos municipios o distritos en que estén autorizadas; 4)  que sean estas las únicas actividades que pueden ser excepcionadas del cumplimiento del deber constitucional de protección a los animales; y 5) que las autoridades municipales en ningún caso podrán destinar dinero público a la construcción de instalaciones para la realización exclusiva de estas actividades.” (Sentencia C-666/10, www.corteconstitucional.gov.co). (Los subrayados son míos.)

"Picador" (Fernando Botero, 1991)
Las aseveraciones contenidas en esta cita merecen los correspondientes comentarios, y sin duda habrá ocasión para ello. Pero, en relación con la entrada inmediatamente anterior de estas “Explicaciones de un aficionado a los toros”, me concentraré en dos de ellas, esto es, aquella que acepta constitucionalmente los espectáculos con animales siempre y cuando se estudien mecanismos para que reciban protección especial contra el sufrimiento y el dolor derivados de estas prácticas, por un lado, y para que se eliminen o morigeren las conductas especialmente crueles contra ellos, por el otro.

En mi modesta opinión, el asunto crucial de estos condicionamientos está en el adjetivo crueles, más allá de los sustantivos sufrimiento y dolor allí contenidos.

El asunto de la crueldad lo reservo para futuras entradas. Aquí me concentraré en lo que considero que podría ser una modificación del primer tercio de la lidia, el de varas, que a un tiempo le hiciera bien al tercio mismo, a los tendidos y a la disposición de la Corte Constitucional.

En la entrada anterior expuse la importancia del tercio de varas, así como el que, de no ejecutarse bien, la puya puede entrar excesivamente en el cuerpo del animal, tanto en lugares no preceptuados como en el mismo morrillo, pero causando una lesión excesiva. Se desprende de esto que el tercio de varas es indispensable para la corrida de toros, y así mismo puede ser una suerte de enorme belleza y complejidad, aunque bien pudiera estudiarse su modificación, cuando menos en dos sentidos. En ambos comprende el repensar la estructura misma de la puya.

Puya en forma de limoncillo
(Tomado de: Los toros en España, t. I, p. 383)
Una opción estaría en la adopción de la puya en forma de limoncillo (ver figura). Esta idea ha sido defendida por varios estudiosos del tema, así como refutada por algunos profesionales del toreo. Los primeros afirman que la forma de la puya implicaría la detención del castigo y el asegurarse que no se le infringiera un excesivo castigo al animal. Los otros dicen que dicha forma de la puya no permite la mejor ejecución de la suerte puesto que en muchos casos impide penetrar en las carnes del animal, sobre todo si se tiene en cuenta que, en condiciones ideales, dicha acción debe realizarse cuando el toro viene hacia el caballo y no cuando ya está empujando el peto protector.

Propuesta de modificación de la puya actual (línea roja)
(Imagen intervenida, tomada de: Los toros en España, t. I, p.  391)
Mi opinión es que debería bajarse la cruceta de la puya actual, con el fin de que el encordelado no entre en las carnes del toro (ver figura intervenida). Esto disminuiría el castigo en cada puya, y tal vez volveríamos a ver más de una puya en este tercio pues, como expuse en la entrada anterior, es en varas donde mejor puede medirse la bravura del toro.

Adicionalmente, el que la cruceta de la puya esté casi al inicio del encordelado permitiría refrescar la suerte y cumpliría parcialmente con la decisión de la Corte Constitucional. Porque una cosa es cierta: la fiesta de los toros (en este caso, la colombiana) debe acatar en un plazo prudencial las disposiciones legales tendientes a su modificación. No hacerlo no sólo sería ilegal, sino que serviría de acicate para los detractores del espectáculo.

Cada vez vamos, aunque lentamente, acercándonos más a la discusión fundamental: la de la aparente crueldad de unos hombres con un animal, en presencia de público.

Paciencia.

martes, 3 de abril de 2012

Sexta entrega: Toro, torero y sangre: el picador



Sexta entrega: 
Toro, torero y sangre: el picador

Dije en otra entrada que el toreo es una actividad arquetípica. Sus protagonistas buscan el ideal y por eso —entre otras cosas que se discutirán después—  hay quienes lo consideramos un arte.

En su encuentro con el toro bravo, los toreros desean —además de regresar con vida a casa— realizar la faena soñada ante un animal perfecto. Para el ganadero existe el ideal de ver un toro suyo en la plaza comportándose según la bravura y la casta que ha predefinido. Los tendidos, o sea el público, también quieren ver el toro perfecto en una faena perfecta. Pocas veces ocurre esto, y ello explica el que haya más corridas.

El toro ha sido picado (Foto: D. Londoño)
Uno de los aspectos más polémicos del toreo es la relación que establecen el animal y los humanos en el ruedo. Los antitaurinos afirman que torear se reduce a una carnicería, a un acto de crueldad infinita en el que unos seres con todas las ventajas se enfrentan a un animal indefenso para solazarse con su sufrimiento, agonía y muerte en el ruedo de la plaza.

Vayamos por partes. Si esto fuera una matanza o una carnicería, el matarife o el carnicero no vestirían esos curiosos y anacrónicos atuendos que utilizan los toreros. El asunto es aparentemente superfluo, pero ya llegará la ocasión de exponer el porqué no lo es.

Supongamos un caso extremo, que hace unos meses fue noticia en nuestro medio: la pesca ilegal de tiburones. Se trata de individuos que, a mansalva, violan todo conducto regular y masacran, ávidos de lucro, a cuantos tiburones hay en el perímetro de su acción. Y valga otro caso, menos extremo pero igualmente ilustrativo: el del matarife del matadero municipal. Este individuo vive de matar en serie, directamente o mediante una máquina diseñada para ello, a un grupo de animales, digamos bovinos.

En ninguno de estos dos casos hay público, porque nadie sería tan desocupado  o tan desviado mentalmente como para pagar (si es que alguien osara cobrar por ello) para ver cómo otro mata indiscriminadamente o en serie a un grupo de animales de todas las edades. Finalmente, digamos que en estos dos casos los protagonistas pueden usar atuendos especiales con fines profilácticos y herramientas exclusivamente ofensivas.

¿Qué pasa en una corrida de toros, desde el punto de vista del aficionado?

Ya dijimos que el ganadero ha seleccionado a ocho de sus mejores toros bravos (nótese: a los mejores, no a cualesquiera; y enfatícese en que son bravos, no de cualquier otro tipo), para que de entre ellos se elijan los seis mejor presentados para ser corridos en una plaza hasta su muerte, en la mayoría de los casos.

Están en el ruedo los toreros, es decir, los hombres de curiosos y anacrónicos vestidos a los que aludimos en otra entrada. El asunto del atuendo resulta en principio banal, pero tendremos ocasión de anotar que no lo es.

Al salir un toro al ruedo, los toreros (jerárquicamente organizados así: matador, picador y subalternos –o sea, banderilleros y peones de brega) estudian primero el comportamiento del toro en la arena.

Dicho sea entre paréntesis: es absolutamente FALSA la “información” difundida rampantemente en medios electrónicos por ciertos antitaurinos de baja estofa sobre el que a los toros antes de salir al ruedo les echan vaselina en los ojos, los golpean con bultos de arena, les electrocutan los testículos, y otras infamias. Como lo afirmé en una entrada anterior, todo lo que ocurre antes, durante y después de una corrida de toros está estrictamente reglamentado. Para nuestro medio colombiano, consúltese la ley 916 de 2004, el llamado “Reglamento Nacional Taurino”.

Cerrado el paréntesis, digamos que luego de salir al ruedo, y habiendo analizado su comportamiento inicial, al toro lo llaman con un trapo denominado capote (ese, el rosado, el que se usa con las dos manos) con el fin de ver cómo expresa su casta y su nobleza. El objetivo de este llamado no es burlarse de él, sino simplemente dejar que manifieste su condición (si repite la embestida, si embiste con nobleza y “metiendo la cabeza” en el engaño). El objetivo es también, en cierto sentido, tranquilizarlo (que técnicamente se llama pararlo), dado que evidentemente el toro se debe sentir en un sitio extraño al que le es habitual. Esto dura, diga usted, de cuatro a seis minutos. Si tenemos oportunidad de ampliar la explicación de este preámbulo, lo haremos. Ahora tenemos otras motivaciones.
División geográfica del ruedo
(tomado de: Los toros en España, t.  I, p. 263)
Ejecución de la pica
(tomado de: Los toros en España, t. I, p. 262)

Luego de los lances de capa aparecen en escena dos picadores, uno principal y otro de “reserva”. El principal se sitúa justo al frente de la puerta de toriles (ver plano), con el fin de que el toro no sienta la querencia del lugar de donde salió, y por lo tanto exprese su bravura con total transparencia. Uno de los toreros, generalmente el encargado de dicho toro, es decir, el matador, lo lleva con el capote hasta la raya del círculo de menor diámetro frente al caballo del picador (trazada a ocho metros de las tablas). A su turno, el picador mueve su cabalgadura para que el toro se motive y decida embestir.

Puya actual
(tomado de: Los toros en España, t. I, p. 391)
Cuando el toro se arranca al caballo, el picador alarga el brazo y apunta la vara de picar que, con la puya montada, mide entre 2,50 m y 2,70 m. Esta tiene forma piramidal de aristas rectas de 29 mm de largo en cada arista por 19 mm de ancho en la base de cada triángulo. Las puyas tienen además una base de madera recubierta con cuerda encolada de 60 mm de largo y 30 mm de diámetro en su base inferior, rematada por una cruceta de acero. (Ver ley 916 de 2004, artículo 51.)

Puyazo ideal, en lo alto del morrillo
(tomado de: Los toros en España, t. I, p. 389)
Idealmente, el torero de a caballo debe picar al toro en el morrillo, es decir la parte superior de la nuca del animal. Si lo logra, es una suerte emocionante para los entendidos. Muchas veces no lo hace, y entonces el público protesta. A decir verdad, la suerte de varas es una de las menos comprendidas por los espectadores, pues consideran que el picador, de actuar mal, malogra el comportamiento del toro para el resto de la faena. Y en ocasiones esto es cierto. Los puyazos traseros, por ejemplo, pueden llegar a lesionar al toro al punto de lisiarlo; los muy prolongados lo fatigan tanto que ya “no habrá toro”, como se dice en el argot, para la faena de muleta.

Los puyazos traseros pueden lesionar gravemente
la masa muscular del toro o afectar la columna vertebral
(tomado de: Los toros en España, t. I, p. 391)
En la actualidad es casi imposible ver en las plazas colombianas que un toro vaya dos o más veces a la suerte de varas. Antes era casi obligatorio. La razón es que los gustos de los tendidos han cambiado y cada vez más requieren que el animal tenga movilidad durante los dos tercios restantes de la faena, especialmente en el tercero (muleta y muerte).

La puya no es un instrumento ofensivo, agresor, sino defensivo de la cabalgadura. Aunque usted no lo crea, hasta hace apenas un siglo los caballos de picar iban sin peto, y quien mandaba la parada no era el torero de a pie, que era un personaje secundario en la escena, sino el picador. El picador era el protagonista. (Por eso, aun hoy, sus trajes de luces van bordados en oro, señalando su importancia en el contexto general de la ceremonia.) Y lo era porque su misión consistía en proteger a su caballo con la garrocha, deteniendo la embestida ofensiva del toro con el arma defensiva de la puya, esperando con ello que el toro no tasajeara la panza del caballo con su cornamenta, y adicionalmente, poder mermarle fuerza a la embestida indómita del toro, para que el matador pudiera cumplir con su labor, que era y es el sacrificio del animal en las condiciones menos complicadas posibles para ambos (toro y matador).

Hoy, la suerte de varas, o primer tercio de la lidia, que así se llama técnicamente este momento, se realiza con un peto protector del caballo, que además está en el ruedo siempre con los ojos tapados. En el mundo taurino, son muchas las polémicas en este sentido, pero sólo las apreciamos nosotros, así que vamos a saltárnoslas.

Pelea en varas de un toro bravo,
aunque la ejecución sea defectuosa, por trasera

(Foto: Diana R. Reina G.)
Lo importante es comprender que el propósito fundamental de la suerte de varas es medir la bravura del toro. Los tendidos no se solazan con la sangre del animal, ni se burlan de él, ni gozan con el hecho de que esté siendo herido. 

Toreros y tendidos están atentos a cómo se comporta el toro ante el castigo, pues un toro bravo no rehúye la pica; antes bien, se crece ante ella y acomete con mayor energía (que en la terminología se llama “meter los riñones”), con la penca del rabio enarbolada y, en ocasiones afortunadas, con las patas traseras suspendidas en el aire, por la franqueza fiera de su acometividad. No olvidemos que esa, la bravura, es la característica esencial de este tipo de animal.

El objetivo secundario del tercio de varas es ahormar y aplacar la embestida del animal para que el matador pueda realizar una faena de muleta (o sea, con el trapo rojo) estética, de ser posible, y que permita preparar al toro de la mejor manera para que muera dignamente en la plaza.

Me estoy metiendo en honduras, ya lo sé. Pero, al fin y al cabo, para eso es que estoy haciendo estas explicaciones de un aficionado a los toros, sin ocultar aspectos problemáticos que puedan encabritar la sensibilidad de la mayoría, pero siempre con el fin de lograr una comunicación íntersubjetiva que respete las diferencias. Y eso que apenas vamos en el primer tercio de la lidia.

lunes, 5 de marzo de 2012

Quinta entrega: "Ser ganadero es una decisión existencial"


Quinta entrega: 
"Ser ganadero es una decisión existencial"

Don Luis Fernando Castro, en tarde de tentadero
(Foto de: El toro de lidia en Colombia, Bogotá, Fedegán, 2009, p.159)
Muy amablemente don Luis Fernando Castro, dueño de la ganadería Guachicono, accedió a responder mis preguntas desde la ciudad de Cali, donde reside. Don Luis Fernando cumple este año tres décadas como ganadero de toros bravos, y es sin duda una de las autoridades en la materia en nuestro país. Sus toros han triunfado en Bogotá, Cali y otras plazas de la América taurina. Sus opiniones sirven para ampliar lo explicado en mi anterior entrega.

¿En qué difiere la crianza del toro bravo de la del ganado manso?
El toro bravo es una especie única que ha sido seleccionada desde hace varios siglos atendiendo a criterios físicos y de comportamiento. La selección del toro bravo no es al azar, como es la del ganado manso en la mayoría de los casos. El ganadero de bravo busca en cada empadre conjugar, de la mejor manera posible, las características fenotípicas (como la cornamenta, el tamaño del animal, la altura de agujas) y los comportamientos (bravura, nobleza, codicia, calidad) que para él son importantes. Así, el ganadero hace empadres buscando siempre el mejoramiento de su ganadería.

Tras el destete, el toro es tratado como un atleta. Se le brindan los máximos cuidados sanitarios y alimenticios, incluso más que aquellos que se le dan al ganado manso. Se le provee una dieta balanceada (muchas veces elaborada por nutricionistas expertos en nutrición animal) y se le mantiene en grandes potreros provistos de agua siempre fresca y de los mejores pastos disponibles. Adicionalmente, en una ganadería varias personas se encuentran exclusivamente consagradas a la crianza del toro: mayorales, veterinarios, vaqueros, nutricionista y el propio ganadero.


Es así como muchas familias del campo colombiano pasan sus vidas alrededor de la cría del toro y reciben su sustento de esta actividad. La desaparición del toro bravo no sólo implica la desaparición de una especia y el poner en riesgo miles de hectáreas agrestes que se conservan gracias a que en ellas se crían toros y vacas de lidia, sino también implica acabar con una actividad de la cual viven miles de familias en Colombia.


¿Cómo se monta una ganadería de bravo? ¿Qué requiere?
Primero que todo requiere de un sacrificio económico muy grande. Tener una ganadería de bravo no es un negocio y, generalmente, es más el dinero que se invierte que el que se logra recuperar. Implica tener una afición lo suficientemente grande para seguir adelante con la empresa de la ganadería aún en momentos cuando los toros no funcionan o, como nos ha pasado a muchos ganaderos colombianos, cuando no podemos verlos en el campo por problemas de seguridad. 

Toro negro bien encornado de Guachicono
(Foto: www.tardetoros.blogspot.com)
Tener una ganadería de bravo también supone unas ganas constantes de aprender de toros, de leer de toros, de ver corridas, de dedicar varias horas a estudiar genética y otras tantas a idear mejores empadres. Los ganaderos ven en sus toros algo mucho más grande que una actividad o un hobby. Tener una ganadería de bravo es una decisión existencial en el sentido en que la vida del ganadero gira siempre alrededor de su ganadería.

¿Cuántos animales conforman su ganadería de bravo?
550 animales, entre vacas, terneros, novillos, terneras y sementales.

¿Cuántos toros bravos de su ganadería van al año a las plazas de distintas categorías?
Varía según el año. En 2011, lidiamos 70 machos en Colombia y demás países taurinos de América.

¿Qué son los encastes? ¿Cómo se relacionan los encastes con el concepto de bravura?
Encaste es una selección dentro de la raza de lidia tanto fenotípicamente como en comportamiento. Existen varios encastes: Torrestrella, Conde de la Corte, Santacoloma, Saltillo, etc. Cada uno tiene unas características fenotípicas y de comportamiento particulares. Si bien yo considero que un toro bravo es bravo con independencia del encaste, hay encastes en los cuales la bravura se ve acompañada de otra serie de comportamientos, tales como la calidad en la embestida, la codicia y la nobleza, que hacen que la bravura sea más completa para mi gusto. 

Es importante también tener en cuenta que a través de la historia del toreo diversos encastes han sido más apropiado para la lidia de los toros. Anteriormente, cuando lo esencial de la lidia era la suerte de varas (los picadores eran más importantes que los toreros), los encastes de excelente desempeño en varas eran preferidos y eran los que mejor representaban el concepto de bravura de la época. Dicho concepto de bravura era distinto al que tenemos ahora con el toreo moderno, donde la faena de muleta es la parte más importante de la lidia y los toros son seleccionados para ser bravos en la muleta.

Para mí, la bravura es la selección de la capacidad de acometer del toro hasta el final de la faena. La bravura es más completa cuando a la acometida del toro se le suman una excelente capacidad de la embestida, nobleza, transmisión, recorrido y fondo.

¿Con qué criterios se eligen los toros para un encierro?
Excelente presentación fenotípica y una genealogía que prometa un gran comportamiento.

¿Cómo se conducen los toros desde la ganadería hasta la plaza? ¿Quiénes y para qué los acompañan? ¿Qué ocurre con los toros el día de la corrida, antes de salir al ruedo?
Los toros se transportan dentro de cajones individuales en camiones. Los cajones garantizan que los toros no se maltraten ni se maten entre ellos, como muchas veces sucede en el transporte de otros bovinos o de porcinos. Una vez en los corrales de la plaza, los toros son alimentados y cuidados. Una persona los cuida las 24 horas para garantizarles las mejores condiciones.

Vale la pena anotar que esto no sucede cuando el ganado comercial es sacrificado en mataderos. Normalmente, al ganado comercial lo mantienen hacinado y en ayuno entre 4 y 5 días antes de ser sacrificado.

¿Qué es, desde su punto de vista de ganadero y aficionado, una corrida de toros?
Es una manifestación cultural en la cual el hombre conjuga el arte y la razón en la lidia de un toro que buscamos que despliegue un comportamiento específico con el fin de que el espectáculo, en su conjunto, produzca emoción y deleite en el público.

¿Cree usted que un toro sufre durante la lidia? ¿Por qué? ¿Para qué?
A los toros les pasa lo que a los soldados heridos en combate: la adrenalina les quita la sensación de dolor. Creo que en el único momento que sufren es en la muerte. Por eso, soy partidario de regular el número de estocadas y de descabellos que puede recibir un toro.

La Corte Constitucional sentenció que la fiesta de los toros debe morigerarse. ¿Está de acuerdo?
Estoy de acuerdo en que debe morigerarse en temas como la cantidad de estocadas y descabellos que pueden dársele a un animal. La corrida de toros no debe convertirse en un espectáculo sangriento por culpa de actuantes inexpertos. Tras dos estocadas y un descabello, al toro debe dársele muerte inmediata, con un método alternativo y dentro del ruedo de la plaza.

Esta es la única forma en que se debe morigerar la fiesta taurina. Las demás propuestas, ahora tan de moda, atentarían letalmente contra la corrida de todos como la entendemos los aficionados.

En su opinión, ¿por qué hay gente que va a una plaza para ver morir a seis toros bravos?
No van a ver morir seis toros como lo harían si fueran a un matadero. Van a ver un espectáculo cultural, artístico, estético de la lidia de seis toros.

lunes, 20 de febrero de 2012

Lo que pudo haber sido y no fue



Estuvieron Pepe Manrique y Alejandro Talavante, con altibajos. Estuvieron también los toros de Ernesto Gutiérrez, decorosos, bien presentados, unos más y otros menos bravos. Pero esta última tarde de la temporada taurina 2012 en Bogotá, que a las tres era plomiza y ceñuda pero para las cinco era de un azul primaveral, si aquello existiera por estos pagos, estuvo a punto de la cumbre Julián López, El Juli.

Pepe Manrique mostró con su primero (“Luchador”, de 507 K, negro azabache, alto, largo y veleto) ese toreo suyo curtido y recio. Aprovechó las bondades del toro, sobre todo a media altura, para matar saliéndose de la suerte y recibir, sin embargo, una oreja. A su segundo (“Carbonero”, de 486 K, flojo de manos) lo aguantó por derecha y lo atravesó al primer intento, para luego recibirlo y después fracasar en multitud de descabellos desagradables. Escuchó los tres avisos.

Volvió Alejandro Talavante luego de cinco años y se lo vio incómodo en la Santamaría. Con su primero (“Sembrador”, cárdeno bragado, cornidelantero y cornicorto, de cuello ínfimo) tuvo aguante por derecha y regaló un natural plausible, dada la embestida irregular de “Sembrador”. Y en su segundo (“Madremonte”, negro cornidelantero de 540 K) pudo concebir un derechazo hondo y dos naturales serios, para terminar con estocada entera y tres descabellos.
El de pecho de El Juli
(Foto: Camilo Arango)

Chicuelina de El Juli (Foto: Camilo Arango)
Pero, sobre todo, vuelvo a decirlo, esta tarde estuvo Julián López, El Juli, en Bogotá. “Concertista” (negro corniabierto, casi playero de 498 K) estuvo primero abanto con su gorda estampa en el ruedo. El Juli comenzó a enamorarlo con tres verónicas lentas, de galanteo. Luego de una vara buena y breve, le coqueteó con tres chicuelinas mandonas y dos medias promeseras. Y en la tercera cita, la definitiva, fue lento en la primera tanda, almibarada. “Concertista” iba bien al engaño, pero como las damas esquivas, estaba distraído y sin transmitir demasiada emoción. Para la tercera tanda el toro ya no cabía de amor, siguiendo al torero por todo el ruedo cada vez que él le daba un respiro. Y así, amorosamente, lo trató El Juli con seis derechazos tipo adagio, con cinco naturales tipo andante ma non tropo, para luego pintar dos redondos por ambos pitones. Lamentablemente, pinchó sin soltar y luego dejó una entera traserísima. Le dieron una oreja.
Derechazo de El Juli
(Foto: Camilo Arango)

De su segundo me gustaría resaltar tres manoletinas con vuelo, de esas que casi nunca se ven por estas tierras, y dos derechazos que fueron redondos profundos y con mando. La plaza cantaba “¡Torero! ¡Torero!”

Buen remate el de esta temporada 2012 en Bogotá.

domingo, 12 de febrero de 2012

Orejas para Fandiño y Solanilla en Bogotá



Precedida de aguacero, la corrida de hoy en Bogotá inició media hora más tarde, con un ruedo feo pues debió remacharse con bultos de arena oscura para tapar los pozos de agua que había, pese al recubrimiento plástico. Decepcionaron los toros de Santa Bárbara, de don Carlos Barbero, lindos de presentación pero escasos de casta y de juego.

Iván Fandiño confirma su alternativa en Bogotá
(Foto: Daniel Londoño)
Iván Fandiño confirmó su alternativa, con el padrinazgo de Diego Urdiales y Juan Solanilla de testigo. Estuvo muy bien con su primero, aunque todo se fue al traste con la espada. “Traje roto” (negro astracanado, cornidelantero y astinegro de 470 K), aplaudido en la salida, estuvo huidizo en el capote, pero peleó bien en varas. Inició Fandiño con estatuarios con un toro pronto que metió bien la cabeza. Una faena ceñida y mandona por derecha, embarcando bien al toro en el viaje. Su tanda de naturales fue honda y ceñida. Remató con una tanda de seis manoletinas. Todo auguraba el triunfo, pero Fandiño dejó media y se apresuró a descabellar, fallando en cinco ocasiones. Escuchó un aviso. El toro fue aplaudido y el confirmante saludó desde el tercio.
Derechazo de Fandiño a su primero (Foto: D. Londoño)


Su segundo no tuvo sino presencia. “Dicharachero” (524 K) era negro azabache, enmorrillado y cornidelantero. Vimos cinco verónicas con cuajo y un remate a una mano, elegante y serio. Una vara traserísima de Clovis Velásquez contribuyó muy poco y Fandiño decidió irse por doblones de castigo ante un toro que daba cabezadas y se revolvía muy pronto. El pitón izquierdo era infame, así que no tuvo más que arrancarle tres derechazos y aguantarle otros tres. Mató de entera fulminante y saludó desde el tercio.

Decidió regalar un toro el matador vasco y el poco ortodoxo gesto fue bien recibido por el público. Este chorreado largo, listón y bien armado, de 500 K, fue alegre en su embestida, comparado con el resto del encierro. Aunque rebrincaba al encuentro, Fandiño tuvo otra vez mando en cinco derechazos largos, antes de que el toro huyera y él tuviera que arrancarle otros tres, persiguiéndolo hasta las tablas, donde desarrolló el resto de la faena. Mató de entera algo caída y recibió una oreja.

Desconocido estuvo Diego Urdiales con el segundo de la tarde, que fue el único de su lote que se dejaba algo. “Ilusión”, de 534 K, un castaño albardado, ojo de perdiz, enmorrillado, chorreado en verdugo, fue aplaudido en la salida y peleó bien en varas. Antes, el toro metió bien la cara en cuatro verónicas bajas. Inició Urdiales doblándose en este toro que galopaba y era pronto al cite. Sin embargo, "Ilusión" se cansó en la segunda tanda y varió drásticamente su comportamiento, volviéndose complicado. Y Urdiales también cambió intempestivamente. Lo vimos sin sitio y sin temple en la faena. Mató de media algo perpendicular y luego estuvo terrible con el estoque de descabello, intentándolo en nueve ocasiones antes de acertar. Escuchó dos avisos y la bronca del público.

El cuarto de la tarde fue “Rabioso”, de 469 K, castaño, bocinero, botinero, ojo de perdiz y bien armado. Muy difícil la embestida del toro, con la cara alta, incierto y con peligro. Mató de entera en buen sitio. El toro recibió pitos y el torero silencio.

Juan Solanilla por chicuelinas al paso
(Foto: D. Londoño)
Muy bien estuvo Juan Solanilla con su primero (“Artillero”, de 554 K, castaño bocinero, albardado y cornivuelto). Dejó cuatro verónicas preciosas y luego tres chicuelinas al paso para llevar al toro al caballo de Rafael Torres, que pegó una vara mínima. Bien estuvieron James Peña y José Ignacio Páez con las banderillas, e impecable Ricardo Santana en la brega. Solanilla se fue al centro y citó de largo, para dejar tres estatuarios muy ceñidos. Al galope, el toro se fue hacia el engaño que por derecha plantó el bogotano, dejando una tanta larga y seria. En la cuarta tanda el toro se fue a tablas y allá fue a buscarlo Solanilla para dejar otros cuatro derechazos compuestos y un muy buen pase de pecho. Luego plasmó tres naturales briosos y cuatro derechazos de remate, antes de los pases de castigo, para volcarse y dejar un estoconazo ligeramente caído. Recibió una merecida oreja.

“Ingenioso” (470 K, carbonero) fue el segundo de su lote, con el que Solanilla estuvo decente, tanto por derecha como por izquierda, aunque demasiado encima del toro, que le dio un golpe seco en el glúteo, antes de entrar a matar y dejar tres cuartos de espada perpendicular. Mató al cuarto intento de descabello y aun así lo aplaudieron los tendidos.

Fría tarde en Bogotá, y apenas cálida en lo taurino. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Cuarta entrega: el toro es el amo



Cuarta entrega: El toro es el amo

La tauromaquia (voz de origen griego, no latino, que significa `luchar con un toro´) es una actividad arquetípica como pocas. Sus componentes indispensables (toro, torero y tendido) persiguen el ideal, el modelo eterno y sublime. Los agentes concretos y sus actos tangibles se explican sólo en relación con dicho propósito arquetípico.

Definitivamente, empecé estas explicaciones por el componente más complejo, que sin duda es el toro, el toro bravo, el toro de lidia. La dificultad es, en cambio, sencilla de explicar: no podemos preguntarle a un toro bravo sobre su vida, sobre lo que hace y para qué lo hace, y menos aún qué opina al respecto, si le gusta o no, o si preferiría ser un toro manso y morir, joven o adulto, a manos de un matarife. Así que debemos acudir a su “representante legal”, a su criador. Se llama ganadero de toros de lidia.

Este individuo, que cuenta con lo necesario para hacerlo (el poder adquisitivo para comprar terrenos, animales y gente encargada de cuidar dichos terrenos y animales), decide por afición (o sea por gusto, por amor) criar ganado bravo. Dado que la ganadería de toros bravos no es rentable, suele combinar su afición por los toros de lidia con el negocio del ganado manso (carne, leche y derivados). Dicho analógicamente, el ganadero de lidia habla con Dios por la mañana y por la tarde cobra por las misas.

¿Qué busca el ganadero de toros bravos? Ya lo dije: el toro perfecto. ¿Y qué es la perfección en una ganadería de lidia? La perfección no está asociada, como en el caso del ganado manso, a la cantidad (de leche, de peso, de textura en las carnes), sino a la calidad. Esta última está cifrada en un código enigmático que puede sintetizarse en dos palabras: el trapío y la bravura.

El trapío es la apariencia física del animal, su sex-appeal. De un grupo de toros que considera bravos y con la edad para ser corridos en una plaza (que hoy es de cuatro años), el ganadero elegirá a los mejor presentados, a los más buen mozos, por decirlo de alguna manera.

Por eso resulta tan gracioso ese video difundido por las redes sociales que muestra a un caritativo francés amante de los animales que, según dice, compró un toro que supuestamente pertenecía a la ganadería Domecq y que estaba destinado a morir en la plaza de Barcelona. La música de fondo es muy significativa: parece de telenovela, durante la almibarada escena de amor entre los protagonistas que al fin superan todos los obstáculos y viven su idilio por siempre jamás.


Pues bien: ese toro jamás habría podido conformar un encierro en una plaza de primera categoría como la de Barcelona –y dudo mucho que entrara en uno de segunda o de tercera- porque no tiene el peso ni la edad, y sobre todo porque no tiene el trapío. Es cornicorto y corniabierto, cariavacado y flaco. En suma: es feo. No tiene la presencia de un toro de lidia, sino la de una mascota. 

Son aun más graciosos los otros videos relacionados con este toro llamado “Fadjen” que lo muestran junto a su domesticador (¿a su amo?), que lo cepilla y lo acaricia, lo consiente y lo pone a convivir con gatos, cabras y otros animales, y que juega con él a ser un toro bravo, pese a que su comportamiento es más el de un perro que el de un toro. El rótulo de alguno de estos videos lo dice: “Un toro criado como un perro”. Es verdad: ha sido criado para traicionar su condición, para ser un perro y no un toro de lidia.

Un toro bravo puede ser todo lo que ustedes quieran, menos una mascota. Un toro bravo no tiene amos. Él es el amo. Es bravo.

¿Y qué es la bravura? Difícil pregunta, como pocas. La bravura está asociada con dos factores. El primero es la casta (codicia natural al embestir, siempre al galope; emoción para atacar; prontitud en la embestida; fijeza al ubicar y al arrancarse hacia el objeto; no dolerse, sino crecerse en el castigo). El segundo es la nobleza (rectitud en la embestida; bajar la cabeza al encontrarse con el objetivo). La bravura no es ira, no es furia, no es rabia; no es agredir “a la topa tolondra”, sin condiciones. Nada en la tauromaquia carece de normas.

La actitud brava de un toro de lidia es la conjunción de múltiples factores, que además son variables, pero cuya esencia está en la sangre del animal. A manera de ilustración, digamos que a las pocas horas de nacer, el ternero bravo acomete contra todo aquel que quiera invadir sus terrenos. El ganado bravo reconoce primero los terrenos que considera suyos, y los defiende hasta la muerte. Ya lo veremos en otra oportunidad.

Por el momento, acudamos a una voz autorizada. Es don Álvaro Domecq y Díez, cuya familia ha criado toros de lidia por más de tres generaciones y de la cual afirma el caritativo francés de marras haber adquirido su mascota. Dice Domecq y Díez en su libro de obligada consulta al respecto El toro bravo. Teoría y práctica de la bravura (Madrid, Espasa-Calpe, 1986, pgs. 14-15):
Cuando el becerro cumple un mes […] se pelea con [...] sus compañeros. Embiste, topa con lo que se le ponga por delante, porque el misterio de la bravura lo domina desde el mismo momento de nacer. […] La dosis de bravura se halla ya inyectada en su sangre, a causa de los factores genéticos, seleccionados en las madres y en el semental escogido para cubrirlas. (Los subrayados son míos.)
Volvamos a la explicación. ¿Qué hace el ganadero de bravo para perseguir el arquetipo? Primero, tener vacas bravas. Para saber que lo son, las tienta. Es decir, prueba la bravura de las vaquillas cuando tienen dos años (eralas) o tres (utreras), y para eso solicita la colaboración de un picador y de uno o varios toreros.

El picador es fundamental porque la esencia de la valoración de la bravura radica en que la vaquilla llegue hasta el caballo y reciba una puya de 1,5 cm. sin mosquearse. Deberá ir varias veces, las que estime conveniente el ganadero, metiendo la cabeza en el peto y cargando con todo su cuerpo contra él, siempre desde más lejos, para observar la condición de su embestida y la manera como se “crece” en el castigo.


Los ganaderos suelen invitar a las tientas a toreros profesionales o en formación. Unos practican; los otros se educan; ellos siguen evaluando a las vaquillas; esta vez con la muleta (o sea, el trapo rojo). Una vez el ganadero y sus asesores  han observado el comportamiento de la vaquilla, ésta vuelve al campo. Pronto sabrá si aprobó el examen. Si lo hizo, formará parte de los vientres de la ganadería, que serán inseminados solamente por los sementales –es decir, por toros de los que se tienen buenos indicios de ser de familia brava.

Hay otros tipos de tienta, pero son farragosos de explicar y no aportarían a los fines que aquí se persiguen. De cualquier forma, sobre este tema del toro bravo quedan asuntos por abordar. Para hacerlo, entrevistaré a un ganadero de bravo para que exponga la naturaleza, la complejidad y el propósito de su oficio.

lunes, 6 de febrero de 2012

¡Santa María! ¡Qué corrida!



"Muñeco" en el ruedo (Foto: Daniel Londoño)
Excelente la corrida que presentó Mondoñedo, la ganadería más antigua de Colombia, esta tarde en Bogotá. Impecable su presentación y su trapío –el encierro tuvo un promedio de 504 K. Toros encastados, nobles, macizos y poderosos (cinco negros y uno castaño, bien armados todos) que impusieron respeto en la plaza. Uno, el cuarto, mereció la vuelta al ruedo, y otros tres –primero, segundo y quinto- fueron aplaudidos en el arrastre. Cuentan que cuando terminó la corrida don Fermín Sanz de Santamaría estaba llorando. No es para menos.

Natural de Ramsés (Foto: D. Londoño)
Estuvo decoroso Ramsés en su segundo, porque la verdad es que su primero (“Muñeco”, de 489 K) le ganó la pelea. Dos buenos pares de H. Franco y J. J. Suaza les valieron saludar desde el tercio. “Muñeco” mandó siempre, galopando y transmitiendo emoción con su bravura demostrada en su pelea en varas. El torero bogotano dudó durante la faena porque el toro se le había colado dos veces en el capote. En la muleta “Muñeco” fue desarrollando genio. A los toros bravos no les gusta la duda. Murió de tres cuartos de espada tendida y un poco caída, pero efectiva. El público despidió al torero gritando “¡Toro! ¡Toro!”

El cuarto (“Bienvenido”, No. 504, de 500 K) fue fijo y con tranco. Se empleó bien en varas y luego tuvo nobleza en su brava embestida por ambos pitones, aunque le faltó algo de recorrido. Vimos a Ramsés toreando primero por doblones toreros para luego plantar el pie y dejar seis derechazos muy largos y con la figura compuesta, tres en la segunda tanda y otros tres en la sexta. Estuvo bien por izquierda, con ocho naturales hondos y templados en las tandas maduras de la faena. Remató con tres manoletinas para alegrar a los tendidos. Mató de entera en buen sitio y la presidencia le negó una oreja que se pidió con fuerza.

Bolívar en su primero (Foto: D. Londoño)
Triunfó Luis Bolívar hoy en la Santamaría. “Bambuquero” (500 K), largo, pronto en el galope repetido, permitió cuatro verónicas de manos bajas y tres chicuelinas en el quite, luego de una vara defectuosa. Con los pies firmes en la arena, Bolívar compuso una faena garbosa, citando con la mano bien adelante y la muleta planchada. Se destacan dos tandas por derecha ante un toro que tuvo una querencia marcada por el tercio entre el burladero 1 y el 2 y que, pese a escarbar, cuando se decidía a embestir lo hacía con alegría y seguridad. Mató de entera algo caída pero efectiva, y recibió una oreja.

El castaño quinto (“Sasaimuno”, No. 597, de 532 K, listón y enmorrillado) nos regaló un momento inolvidable. Se arrancó de largo; lo recibió impecablemente Luis Viloria y el toro se empleó con tanta clase que las patas estuvieron suspendidas en el aire un par de segundos, encumbradas por el rabo enhiesto como una bandera que ondea en la cima de una cumbre. Precioso. Tuvo el toro un pitón derecho extraordinario, boyante y bravo, al que Bolívar aprovechó en las tres primeras tandas con la montera puesta, casi sin enmendar, lleno de mando, temple y lentitud. En cambio, el pitón izquierdo fue incierto y Bolívar lo abandonó pronto. Dejó un estoconazo firme y recibió otra oreja. Los aplausos de admiración fueron para el toro en el arrastre.

El imponente quinto de la tarde (Foto: D. Londoño)

Santiago Naranjo desnudó su inexperticia con el primero de su lote (“Periodista”, de 503 K) que se empleó muy bien en la segunda vara, la que recibió del picador que cubría la puerta. Ricardo Santana estuvo espléndido otra vez en sus dos pares y saludó montera en mano. No bastan las mandonerías a los subalternos ni las bravuconadas en la cara del toro para ser buen torero. Habría que bajar la mano, mandar y templar la embestida de un toro franco como este, de tranco largo. Y esto fue lo que no hizo Naranjo con “Periodista”.

Le sobró, en cambio, sagacidad a la hora de brindar el último de la tarde al ganadero, para que la plaza unánime aplaudiera y gritara “¡Viva Mondoñedo!”. Sin embargo, este toro –cuyo nombre se me escapó-  fue el menos interesante del encierro, aunque también tuvo momentos vibrantes, con ese galope encastado y firme. Naranjo se vio sin temple ni sitio, toreando a media altura y lejos en ocasiones del toro. Dejó una estocada perpendicular, de rejoneador, y luego quiso descabellar, pero el toro, agonizando, le ordenó quitarse  y dio un largo paseo desde el tercio hasta los medios y de allí a las tablas del tendido de sol.

Admirado se fue el público de la Santamaría bogotana esta tarde plomiza. Yendo a buscar el taxi, pensaba yo: “¡Santa María! ¡Qué corrida de toros la de los Sanz de Santamaría!”

¡Larga vida a la sangre brava de Mondoñedo!